Miércoles de la Semana Santa

Meditación: Mateo 26, 14-25

 Señor Jesús, a veces tú realmente sabes cómo incomodar a las personas: “¡Uno de ustedes me va a traicionar!” ¡Un balde de agua fría! Seguramente tus discípulos saben que alguien te va a entregar, pero ¿que vaya a ser uno de ellos?

 Me imagino a los once
sobrecogidos de horror ante la aterradora posibilidad, que se vuelven a ti con el rostro demudado de temor, tratando de asegurar que ellos nunca harían tal cosa: “Señor, ¿acaso seré yo?” Hasta Pedro se siente demasiado aturdido para negar la posibilidad de su propia flaqueza. Caen las defensas y los once tienen que afrontar la verdad: ¿Sería yo capaz de traicionar a mi Señor? Posiblemente lo sería.

 Tú sabes, Señor, lo que va a pasar. El momento de claro entendimiento pasará y tu pequeño grupo se justificará declarando su absoluta lealtad. Pero después huirán. ¡Qué bien conoces tú a estos hombres! ¡Y qué poco se conocen ellos mismos! De todos modos, tú los amas entrañablemente y quieres que sean uno contigo. Y tú trabajas hasta el final para hacer aflorar el bien que ves en ellos.

 Además, le hablas a aquel duodécimo discípulo, el traidor, y le ofreces una última oportunidad para cambiar de propósito. Luego, antes de entregarte a tus enemigos, te entregas a tus inseguros amigos: “Tomen y coman… Beban.” ¡A quién más se le iba a ocurrir hacer semejante acto de amor!

 Señor, es bueno que yo esté aquí ahora, reflexionando sobre esta escena. Mañana, el Jueves Santo, me recordará de un modo especial que yo estoy ahí en él. En cada Misa es como si yo estuviera allí codo a codo con los apóstoles sentado a la mesa de la Última Cena.


Yo también tengo defectos y soy débil, pero cuando como tu Cuerpo y bebo tu Sangre, tu vida misma fluye en mi interior y me fortalece. Así pues, sin mirar mis pecados ni mis cargas, sino tu poder que actúa en mí, me atrevo a ofrecerte una oración que muchos católicos orientales rezan antes de recibir la Comunión: “No te engañaré con un beso, como Judas, sino que abiertamente te diré, como el ladrón arrepentido: Recuérdame, Oh Señor, cuando llegues a tu Reino.”

 “Amado Jesús, gracias infinitas por haber dado tu vida por mí. Te amo con todo mi corazón y siempre declararé que tú, Jesucristo, eres mi Señor y mi Dios.”

 Isaías 50, 4-9 Salmo 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

Comentarios

Entradas populares