La grandeza del humilde
No hay virtud más hermosa que la humildad, que actualmente ha puesto de moda nuestro Pedro el Grande.La humildad es ser accesible, es escuchar, es compartir, es simplemente permitir que otras personas te alcancen y a la vez disponernos a tocar a los demás.
Es reconocer que la bendición de ser es motivo de gratitud hacia nuestro Creador, y entender que el alma pesa más que la materia.
Ser humilde es señal de madurez, comprender que estamos en este mundo por un rato, y que al final todos recibimos el mismo trato, sin importar quienes somos o de dónde venimos, porque la enfermedad y la muerte son justas, no discriminan.
Esas sí que actúan de acuerdo con los estatutos, y llevan a cabalidad los preceptos de todas las entidades: “Sin distinción de edad, clase social, posición económica, sexo, raza, religión, etcétera”.Aunque la humildad es un don natural, también se puede adquirir a través del análisis de los comportamientos, de la interacción con la diversidad y de lecturas edificantes que agreguen luz a nuestro sendero espiritual.
Si todavía nuestro ego nos susurra lo grandioso que somos, juguemos a no hacerle caso, y a pensar que los logros y el éxito son transitorios, y que mientras más nos encumbramos, más aparatosa es la caída.
No esperemos las experiencias aleccionadoras de la vida para compartir con gratitud la interdependencia.
Compartamos un gesto amable, un acto de cortesía con el prójimo.
Una vez más queda demostrado de, que la humildad es la base de la grandeza.


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