Entrega
Tener siempre en cuenta a los demás y procurar satisfacer sus necesidades, sobre todo cuando ello implica cierto sacrificio, no es nada fácil. Lo más cómodo es ser perezosos, egoístas y egocéntricos, y la mayoría somos así por naturaleza. Nuestra primera reacción generalmente está motivada por nuestros propios intereses, lo que deseamos y lo que nos hace felices. No obstante, con la ayuda de Jesús podemos adquirir nuevos hábitos y reacciones automáticas que con el tiempo contribuyan a que seamos más amorosos, amables y abnegados.
En los seres humanos rige el instinto de preservación, de procurar nuestro propio bien, nuestra satisfacción y felicidad antes que los del prójimo. Pero la Biblia promete: «Todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado, ¡una nueva vida ha comenzado!»1 Por eso Jesús nos invita a manifestar a los demás amor profundo y abnegado, sin parcialidad, aunque sabe que semejante amor está por encima de nuestras posibilidades humanas. Pese a nuestras limitaciones, Él es capaz de renovar los circuitosque traemos incorporados y reprogramar nuestros pensamientos y nuestro corazón para que estemos inclinados a cumplir Su voluntad, la cual consiste en amar a los demás.
Jesús dijo a Sus primeros seguidores: «El amor [que manifiesten] será la prueba ante el mundo de que son Mis discípulos»2. El amor que existía entre los discípulos de Jesús y que transmitían a sus amigos e incluso a desconocidos llamó mucho la atención y fue un contundente reflejo del amor de Dios.
Para convertirnos en las nuevas criaturas que Él quiere hacer de nosotros, es preciso que tengamos una mente y un corazón dispuestos, un espíritu creyente, que oremos y que seamos consecuentes realizando pequeños actos de amor desinteresado. Así, al cabo de un tiempo nos daremos cuenta de que pensamos más en los demás, que comprendemos con mayor presteza sus necesidades y nos preocupamos más por su felicidad y bienestar.
Cuando nos entregamos a los demás, cuando nos esmeramos por ofrecer nuestra amistad a otro ser humano, cuando nos molestamos en conversar con alguien que se siente solo o en confortar a un enfermo, cuando ayudamos a alguien en sus conflictos o hacemos que se sienta útil, descubrimos una singular satisfacción y recompensa espiritual. Al realizar esos pequeños actos de amor y abnegación, el Señor nos premia con una alegría que no puede conseguirse de ningún otro modo: la felicidad de saber que hemos sido una bendición para una persona necesitada.

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