El peso promedio de un iceberg es de 20.000.000 de toneladas
Esta imagen visualiza, en lo posible, nuestra identificación mística con Dios. Nosotros somos como ese iceberg flotando en el océano de Dios. Estamos constituidos por una participación de Dios que se ha congelado en una configuración concreta. Una pequeña parte de nosotros emerge desafiando el horizonte, pero la mayor parte de nosotros permanece invisiblemente sumergida en él. Flotamos a la deriva hasta que nos vayamos deshaciendo y nos disolvamos nuevamente en el océano.
El iceberg y el océano no son dos entidades distintas. Somos océano parcial y temporalmente configurado como bloque independiente. Nuestra naturaleza es la misma del océano. Nosotros estamos limitados por una estructura que flota en medio de un océano ilimitado. Nuestra estructura, nuestro “yo” es una apariencia temporal; nuestro verdadero ser es intemporal.
Ramakrishna ya había contado una historia semejante. Una muñeca de sal quiso medir la profundidad del mar. Cuando puso sus pies en el agua, se empezó a hacer una con el mar. Cuanto más andaba más le fascinaba el océano; se dejó tomar por el agua y todas sus partículas de sal se disolvieron en el mar. Había venido del océano y retornó a su fuente original. Lo “diferenciado” se había vuelto a unir a lo “indiferenciado”.

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