Mi disciplina está hecha de hierro.

Julio Iglesias pertenece a la estirpe de artistas que hacen de su entrega un arte exigente, sin desmayo, con un ritmo de trabajo que asombra (inicia este año una nueva gira mundial) y, sin embargo, causa la impresión de tener tiempo para todo.
Nadie sabe cómo lo consigue. Desde cualquier remoto punto del mundo en donde se encuentre cantando mantiene una comunicación constante, diaria, con su esposa, Miranda, y sus hijos, a los que adora. Sigue la actualidad política de España y conserva una viva curiosidad por todo. Posee a sus 70 años un excedente vital casi temerario. Es infatigable. Ha hecho de la disciplina costumbre.
Los más de 300 millones de discos vendidos y el viaje infinito de país en país cantando son muestra de un talento que da siempre en la diana y una fuerza de seducción y de voluntad que nunca le han dejado. Directo y locuaz, perfeccionista e impredecible, con un sentido del humor burlón, confiesa que los años le han descubierto que “el azúcar es malo y que se te cae el pelo”. Pero también “a no juzgar a la gente, a no sentirme culpable y a distinguir la generosidad de la avaricia”, dijo hoy a Efe en una entrevista telefónica.

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