Celebrando los 60 años de Radhmes Polanco en familia
Después de los 60 años comienza a vivirse una etapa de la vida que para muchos requiere de un aprendizaje para aceptar con alegría la edad dorada. Para aprender a envejecer se requiere ante todo de una preparación interior ayudada por la sabiduría, prudencia y sentido de previsión que se ha adquirido en el paso por la vida. .
Al llegar a los 60s, es muy posible que los cambios físicos y emocionales se hagan más evidentes y usted contraste más con las personas que viven a su alrededor (hijos, nietos, empleados etc). Por ello es importante ser conciente de muchas de las cosas que sucederán y prepararse para aceptar todos estos cambios como hechos naturales de la vida sin temor, sin rabia y sin depresión. ¿Qué pasará cuando la vejez se asome? He aquí algunas reflexiones de nuestro colaborador Alberto Delgado, escritas cuando llegó a sus 60s:
Con el tiempo se irán acentuando más las diferencias de edades, cambian las costumbres, las modas. Los adelantos científicos y tecnológicos conllevan grandes transformaciones y por eso mis puntos de vista y el enfoque que yo le dé a los acontecimientos serán menos aceptados.
• Mis opiniones y juicios perderán peso. La credibilidad disminuirá y contaré menos para muchas personas. • Por fuerza de las circunstancias y por la vertiginosa carrera de la vida, cada año me iré quedando desactualizado. Me pondré “obsoleto” y muchos pensarán que no soy de ‘este tiempo’ y dirán: “eso era en su época”.
• Con el paso de los meses sufriré limitaciones físicas y funcionales. Disminuirá mi resistencia a las enfermedades; tendré lentitud e inseguridad para actuar y tomar decisiones y todo eso lo notarán los demás.
• También llegará la disminución de mi capacidad mental e intelectual. Seré más lento para leer y tendré mayor dificultad para entender, para asimilar y para aprender. Perderé progresivamente la memoria y confundiré los acontecimientos, los tiempos y las personas.
Tendré que poner todos los medios para no volverme caprichoso, necio, exigente, intolerante y poco comprensivo. Conservaré y manifestaré siempre un cariñoso respeto por los demás. • Evitaré ser ofuscado, impaciente y mal genio. Procuraré ser muy acogedor y comprensivo, valorando y acatando a todos. Jamás descalificaré ni rechazaré a nadie. • Igualmente evitaré ser quejumbroso, ‘cantaletoso’, irónico, gruñón y también me cuidaré de no repetir el mismo cuento todos los días. • No me sentiré inútil, incapaz, estorboso ni acabado. Más bien procuraré ser todo lo contrario. • No descuidaré mi comportamiento, mis modales, ni mi presentación personal. • Procuraré no ser absorbente, acaparador, absolutista, dogmático o dueño único de la verdad. Por el contrario, seré más comunicativo y escucharé más.
“Lo que haré”
Con prudencia y paciencia, mediante mi ejemplo y mi palabra, me dedicaré más a enseñar a mis hijos y a mis nietos las buenas costumbres, la práctica de las virtudes cristianas, los buenos modales, la conducta intachable y todos los conocimientos necesarios para que sean mejores miembros de familia, cristianos fervorosos y más útiles a la sociedad. • Delegaré cada vez más en mis hijos y les transmitiré mis conocimientos y experiencias para que vayan asumiendo las responsabilidades en todo lo referente a nuestra familia.
En el momento oportuno –y mejor hacerlo pronto-, debo dar a mis hijos las indicaciones sobre el manejo de nuestros bienes y sobre su distribución y reparto.
Haré la relación de los bienes y las deudas y las actualizaré cada 6 meses. Si es necesario, elaboraré un testamento.
Buscaré nuevas formas de ser útil a los demás porque sé que aún esperan mucho de mí y mi obligación es entregar hasta el fin lo mucho que he recibido para ponerlo al servicio de todos.
Es apenas natural ir disminuyendo en todo: en funcionalidad, en capacidad y en posibilidades físicas y mentales y por eso es lógico que continúe opacándome y que otros me reemplacen y tomen las riendas.
Conviene pues que otros se luzcan y que uno desaparezca. Ver todas las fotos aqui.

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