Algo nuevo (Isaias 43:16.21)
La relación entre el pasado, el presente y el futuro es ciertamente compleja. Aunque vivimos en el presente, el pasado nos da la experiencia necesaria para proyectarnos a un futuro que está fuera de nuestro control.
Sí, por más planes que podamos hacer, el futuro siempre se escapa de nuestras manos.
Para ilustrar la complejidad del futuro, tomemos el caso de la educación.
Un niño o una niña comienza sus estudios cerca de los cinco años. Si seguimos los parámetros actuales, probablemente se retirará a los 65 años, es decir, sesenta años después de comenzar su carrera escolar. Dado que escribo estas notas en el 2013, podemos inferir que la niñez que empieza a estudiar hoy se retirará en el 2073
. El problema es que el currículo escolar actual debe preparar a la niñez para enfrentar el futuro por los próximos sesenta años, aunque carecemos de la capacidad para saber a ciencia cierta cómo será el mundo en un quinquenio, es decir, en cinco años. Si duda de mis palabras, considere usted cómo ha cambiado el mundo en los pasados años. Hasta mediados del Siglo XIX, el caballo era el principal modo de transformación. En los pasados 200 años se han inventado el automóvil, el avión y el transbordador espacial. Del mismo modo, el teléfono se inventó en el 1875, la radio en el 1885, la televisión en el 1929, el fax en el 1966, la computadora personal en el 1977, el teléfono móvil en el 1979, el Internet comercial en el 1990 y los mensajes de texto en el 1993. Y no podemos olvidar que Google comenzó en el 1997, Facebook en el 2004 y Twitter en el 2006. Como les dije hace un minuto, la experiencia que provee el pasado es lo único que nos capacita para enfrentar el futuro. Esa es una de las pocas constante que podemos identificar en un mundo de cambios tan grandes y rápidos como el nuestro. En Isaías 43 podemos ver un ejemplo de esta relación dinámica entre el pasado, el presente y el futuro. En el momento cuando se escribe el texto, el presente, el liderazgo del pueblo de Israel estaba cautivo en Babilonia. Para darle esperanza al pueblo, el profeta evoca el pasado. En particular, el profeta recuerda el éxodo, es decir, el evento por medio del cual Dios facilitó la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud que sufrieron en Egipto. El texto dice: «Así dice Jehová, el que abre camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; el que saca carro y caballo, ejército y fuerza; caen juntamente para no levantarse; se extinguen, como pábilo son apagados» (Isaías 43.16-17). Aquí vemos cómo la experiencia de liberación del pasado capacita al pueblo para enfrentar la crisis presente y para visualizar la liberación futura. El Dios que hoy le pide al pueblo que escuche su palabra es el mismo Dios que ayer sacó al pueblo de Israel de Egipto. El Dios liberador es, pues, la fuente de nuestra esperanza. La experiencia pasada lleva al profeta a afirmar que Dios está presto a hacer «algo nuevo» con su pueblo. El texto dice: «No os acordéis de las cosas pasadas ni traigáis a la memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz, ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la tierra estéril» (Isaías 43.18-19). Aquí Isaías afirma que Dios está a punto de hacer «algo nuevo», algo sorprendente, para beneficio de su pueblo oprimido. Sin embargo, ese nueva acción seguirá el patrón establecido en el éxodo, porque será un acto de liberación. Lo que quiero decir es que los actos de Dios tienen continuidad. Aunque lo que Dios haga hoy o mañana será «nuevo», dado que nunca antes ha ocurrido, será un acto de liberación. ¿Por qué? Porque Dios actúa conforme a su carácter. El Dios de la vida vivifica al ser humano. El Dios del bien bendice a su pueblo. El Dios de justicia libera a las personas oprimidas. El Dios de consolación enjuga las lágrimas de quienes lloran. El Dios del gozo trae alegría al corazón de la gente sencilla. Por todas estas razones, podemos afirmar con toda seguridad que Dios ha de obrar en nuestras vidas; que Dios actuará en beneficio nuestro; y que Dios hará algo nuevo para bendecir a los suyos, en el nombre de Jesucristo. El Dios de gracia y Dios de Gloria mostrará su amor para con nosotros, haciendo portentosos actos que muestren su gracia y su amor a la humanidad. A eso es lo que se refiere el texto cuando habla de «algo nuevo», a la plena manifestación del amor de Dios a las personas de fe que sufren injustamente. Sobre esta base, volvemos a leer el texto para descubrir su mensaje: «No os acordéis de las cosas pasadas ni traigáis a la memoria las cosas antiguas»: El texto nos llama a dejar en el olvido las tragedias de ayer y los pecados del pasado. No nos atormentemos pensando en los caminos que no tomamos ni en las oportunidades perdidas. «He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz, ¿no la conoceréis?»: Dios promete demostrar su amor para con nosotros por medio de nuevos actos de gracia. «Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la tierra estéril»: Y esas acciones de amor serán portentosos actos de liberación, modelados en el éxodo. Algo nuevo; Dios promete hacer algo nuevo en nuestras vidas. Dios promete hacer actos de liberación en beneficio nuestro y su promesa nos da esperanza para continuar luchando por la vida. Volvemos, pues, al tema con el cual comenzamos nuestra reflexión, la relación entre el pasado, el presente y el futuro. La pregunta es sencilla: ¿Es posible mirar el futuro con esperanza? Y la respuesta también es sencilla: Sí, podemos mirar el futuro con esperanza porque Dios es la fuente de nuestra esperanza.
Sí, por más planes que podamos hacer, el futuro siempre se escapa de nuestras manos.
Para ilustrar la complejidad del futuro, tomemos el caso de la educación.
Un niño o una niña comienza sus estudios cerca de los cinco años. Si seguimos los parámetros actuales, probablemente se retirará a los 65 años, es decir, sesenta años después de comenzar su carrera escolar. Dado que escribo estas notas en el 2013, podemos inferir que la niñez que empieza a estudiar hoy se retirará en el 2073
. El problema es que el currículo escolar actual debe preparar a la niñez para enfrentar el futuro por los próximos sesenta años, aunque carecemos de la capacidad para saber a ciencia cierta cómo será el mundo en un quinquenio, es decir, en cinco años. Si duda de mis palabras, considere usted cómo ha cambiado el mundo en los pasados años. Hasta mediados del Siglo XIX, el caballo era el principal modo de transformación. En los pasados 200 años se han inventado el automóvil, el avión y el transbordador espacial. Del mismo modo, el teléfono se inventó en el 1875, la radio en el 1885, la televisión en el 1929, el fax en el 1966, la computadora personal en el 1977, el teléfono móvil en el 1979, el Internet comercial en el 1990 y los mensajes de texto en el 1993. Y no podemos olvidar que Google comenzó en el 1997, Facebook en el 2004 y Twitter en el 2006. Como les dije hace un minuto, la experiencia que provee el pasado es lo único que nos capacita para enfrentar el futuro. Esa es una de las pocas constante que podemos identificar en un mundo de cambios tan grandes y rápidos como el nuestro. En Isaías 43 podemos ver un ejemplo de esta relación dinámica entre el pasado, el presente y el futuro. En el momento cuando se escribe el texto, el presente, el liderazgo del pueblo de Israel estaba cautivo en Babilonia. Para darle esperanza al pueblo, el profeta evoca el pasado. En particular, el profeta recuerda el éxodo, es decir, el evento por medio del cual Dios facilitó la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud que sufrieron en Egipto. El texto dice: «Así dice Jehová, el que abre camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; el que saca carro y caballo, ejército y fuerza; caen juntamente para no levantarse; se extinguen, como pábilo son apagados» (Isaías 43.16-17). Aquí vemos cómo la experiencia de liberación del pasado capacita al pueblo para enfrentar la crisis presente y para visualizar la liberación futura. El Dios que hoy le pide al pueblo que escuche su palabra es el mismo Dios que ayer sacó al pueblo de Israel de Egipto. El Dios liberador es, pues, la fuente de nuestra esperanza. La experiencia pasada lleva al profeta a afirmar que Dios está presto a hacer «algo nuevo» con su pueblo. El texto dice: «No os acordéis de las cosas pasadas ni traigáis a la memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz, ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la tierra estéril» (Isaías 43.18-19). Aquí Isaías afirma que Dios está a punto de hacer «algo nuevo», algo sorprendente, para beneficio de su pueblo oprimido. Sin embargo, ese nueva acción seguirá el patrón establecido en el éxodo, porque será un acto de liberación. Lo que quiero decir es que los actos de Dios tienen continuidad. Aunque lo que Dios haga hoy o mañana será «nuevo», dado que nunca antes ha ocurrido, será un acto de liberación. ¿Por qué? Porque Dios actúa conforme a su carácter. El Dios de la vida vivifica al ser humano. El Dios del bien bendice a su pueblo. El Dios de justicia libera a las personas oprimidas. El Dios de consolación enjuga las lágrimas de quienes lloran. El Dios del gozo trae alegría al corazón de la gente sencilla. Por todas estas razones, podemos afirmar con toda seguridad que Dios ha de obrar en nuestras vidas; que Dios actuará en beneficio nuestro; y que Dios hará algo nuevo para bendecir a los suyos, en el nombre de Jesucristo. El Dios de gracia y Dios de Gloria mostrará su amor para con nosotros, haciendo portentosos actos que muestren su gracia y su amor a la humanidad. A eso es lo que se refiere el texto cuando habla de «algo nuevo», a la plena manifestación del amor de Dios a las personas de fe que sufren injustamente. Sobre esta base, volvemos a leer el texto para descubrir su mensaje: «No os acordéis de las cosas pasadas ni traigáis a la memoria las cosas antiguas»: El texto nos llama a dejar en el olvido las tragedias de ayer y los pecados del pasado. No nos atormentemos pensando en los caminos que no tomamos ni en las oportunidades perdidas. «He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz, ¿no la conoceréis?»: Dios promete demostrar su amor para con nosotros por medio de nuevos actos de gracia. «Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la tierra estéril»: Y esas acciones de amor serán portentosos actos de liberación, modelados en el éxodo. Algo nuevo; Dios promete hacer algo nuevo en nuestras vidas. Dios promete hacer actos de liberación en beneficio nuestro y su promesa nos da esperanza para continuar luchando por la vida. Volvemos, pues, al tema con el cual comenzamos nuestra reflexión, la relación entre el pasado, el presente y el futuro. La pregunta es sencilla: ¿Es posible mirar el futuro con esperanza? Y la respuesta también es sencilla: Sí, podemos mirar el futuro con esperanza porque Dios es la fuente de nuestra esperanza.


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