La memoria del cuerpo
La memoria es una obsesión humana. Recordar para poseer lo intangible es un motor que nos mueve. Tan intenso es el deseo que, a veces, se olvida el registro que cargamos en la piel. El cuerpo también tiene memoria.
Nilas Martins lo experimenta constantemente. Como répétiteur del Balanchine Trust y exbailarín principal del New York City Ballet viaja alrededor del mundo enseñando muchas de las piezas que bailó durante años bajo la dirección artística de su padre, la leyenda viva del ballet Peter Martins.
“Cuando has bailado algo, eso nunca abandona tu cuerpo”, dice Martins con su inglés que carga un acento matizado por su origen danés.
A la Isla viajó hace unos meses, invitado por Ballet Concierto de Puerto Rico (BCPR), para seleccionar y preparar a un elenco (de tres bailarinas y un bailarín) para interpretar el ballet “Apollo”, compuesto entre 1927 y 1928 por Igor Stravinsky y coreografiado por el reconocido ballet master ruso George Balanchine (cofundador del New York City Ballet) en 1928. Para su estreno en París el 12 de junio de 1928, Coco Chanel diseñó el vestuario. Y, curiosamente, fue el tío abuelo de Nilas Martins la segunda persona en interpretar el personaje de Apollo cuando Balanchine lo enseñó para el Royal Danish Ballet. “Mi padre también lo bailó y yo también”. Entonces es territorio conocido, aunque con cada nuevo elenco y cada nuevo lugar, algo cambia en el proceso.
“Lo que me gusta del Balanchine Ballet es que tiene mucho espacio para la creación individual. Son los mismos pasos pero no es ballet clásico que, de alguna manera, todo el mundo sabe cómo debe verse. En lo clásico hay menos espacio para la personalidad del bailarín”, apunta con relación a la técnica Balanchine que buscó establecer no solo lazos entre el ballet clásico y el contemporáneo, sino que además celebra con el cuerpo la experiencia de la música.
“Él era músico además y trajo eso de manera que la audiencia pudiera experimentar, básicamente, ver el pentagrama musical en el escenario. Él decía: ‘quiero que escuchen la danza y vean la música’, esa es una de sus frases más famosas”, explica.
“No quiere ser predecible y busca bailar a la velocidad de la música. En el antiguo mundo de la danza tú sabías que algo venía porque hay una preparación antes del gran salto. En Balanchine, el salto viene de la nada. Él amaba el elemento sorpresa”, elabora Martins.
En “Apollo”, ejemplifica, hay muchas imágenes que buscan crear la idea de la simplicidad pero es ahí precisamente donde radica su complejidad. “El movimiento del cuerpo tiene que ser enérgico y suave, casi como un trance”, dice.
“El ballet es fundamental. Todo viene del ballet clásico y todo el mundo habla el mismo lenguaje. El Balanchine es más neoclásico, más ‘sassy’, más ‘jazzy’ y regresa a lo clásico y vas entrando y saliendo de la precisión y la musicalidad. Es un gran reto para los bailarines porque la música puede ser muy compleja”, explica Martins, quien además es pianista.
Martins se retiró en el 2010 del New York City Ballet sin mucho ruido, y se dedicó a estudiar administración de las artes en el Kennedy Center en Washington D. C., y ya desde el 1986 trabajaba montando piezas para el Balanchine Trust. Ir de un país a otro trabajando con bailarines de distintos trasfondos ha sido parte de su ruta.
“El cuerpo se mueve distinto con cada cultura. Recuerdo que en el 2001 fui a montar el ballet ‘Who cares?’ en China. Es una pieza que tiene mucho que ver con las caderas y definitivamente los bailarines del Caribe se sienten más cómodos con movimientos así. En China fue muy distinto. En el Caribe hay una gran musicalidad, una relación muy profunda con la música que tiene que ver con la historia”.
También cambia la dinámica entre trabajar con una compañía grande y con una más pequeña. “La dinámica es más familiar pero por eso mismo aparece el peligro de la zona cómoda porque en las familias todo el mundo sabe el rol que ocupa y no se salen de ahí”. A eso ha venido, a sacudir talentos y llevarlos a ese incómodo lugar desde donde nace el genio creativo.

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