El Turismo Comunitario (TC) es un tipo de turismo en el que la población rural, en especial pueblos indígenas y familias campesinas, a través de sus distintas estructuras organizativas de carácter colectivo, ejercen un papel central en su desarrollo, gestión y control, así como en la distribución de sus beneficios.
El TC no sustituye a las actividades agropecuarias tradicionales (agricultura, ganadería, pesca o artesanía), sino que es una forma de ampliar y diversificar las opciones productivas de las comunidades rurales y complementar así las economías de base familiar campesina.

Su desarrollo ha sido contradictorio y controvertido. A partir de la experiencia centroamericana podemos identificar algunas de sus principales aportaciones allí donde ha logrado consolidarse:

Diversificación productiva, creación de empleo y generación de recursos económicos directos. El turismo ha sido una vía de diversificación de las actividades productivas de las comunidades rurales. La puesta en marcha de servicios turísticos ha generado nuevas fuentes de empleo en múltiples ocupaciones, tanto para los propios propietarios de las iniciativas de alojamiento, como para empleados de éstas o por parte de proveedores de servicios o bienes diversos. Estos empleos no sólo han generado ingresos monetarios, sino que al ser distribuidos a lo largo de todo el año han permitido que las familias implicadas en dichas actividades hayan podido mejorar su bienestar y condiciones de vida, especialmente en alimentación y educación.
Mantenimiento de propiedades y mejora de infraestructuras. El desarrollo de actividades turísticas por parte de las comunidades o algunos de sus miembros ha contribuido a una revalorización de los bienes y recursos comunitarios, como la tierra, el bosque o el agua. Cuando los comunitarios han estado muy organizados, este incremento del valor de estos recursos, principalmente la tierra, ha contribuido a su mantenimiento frente a las presiones del mercado para su venta. Además, las infraestructuras familiares y comunitarias creadas para atender a los turistas (habitaciones, comedores, albergues, salas de actos) han tenido también otros usos, beneficiando así a las poblaciones locales. El TC ha permitido una mayor capitalización del campo en manos de la población local.

Dinamización de la economía local. Los beneficios generados por la actividad turística también han sido utilizados en el progreso y fortalecimiento de otras actividades productivas dentro de las mismas cooperativas o comunidades rurales. Hay diversos ejemplos de cómo a través de los ingresos generados por el turismo se han logrado renovar las plantas de café o construir infraestructuras necesarias para la transformación y agregación de valor de la producción agrícola. Al mismo tiempo ha generado una fuerte demanda vinculada a la producción y venta de alimentos y bebidas, alquiler de servicios, transporte, etc.
Protección y democratización en el acceso a los espacios rurales. Frente a otros modelos de desarrollo turístico, como el turismo residencial, por ejemplo, que provocan una elitización y privatización del territorio, por cuanto su acceso queda restringido para uso y disfrute de sectores con mayores recursos económicos, el TC pone a disposición de la gran mayoría de la población espacios, infraestructuras y servicios. A pesar de su excesiva dependencia del mercado internacional, el grueso de la oferta y precios establecidos facilitan el acceso de la mayoría de la población, especialmente de los sectores populares de los países en los que se desarrolla. Por otra parte, la gran mayoría de iniciativas comunitarias se han desarrollado a la par que estrategias de protección y cuidado del medio ambiente impulsadas por la propia población local.

Cambios en las relaciones de género. Los trabajos de atención y servicio a los turistas, a excepción de los de guía, han recaído en su mayoría en las mujeres de las comunidades. Este protagonismo, vinculado a una actividad que está reportando ingresos económicos significativos, ha generado algunos cambios en las relaciones de poder consuetudinarias entre hombres y mujeres. Las mujeres vinculadas a este tipo de actividades turísticas han incrementado su participación y protagonismo en los asuntos públicos de la comunidad. Y no es menos cierto que la presencia en zonas rurales de hombres y mujeres de otras partes ha permitido a las poblaciones rurales, y especialmente a las muchachas jóvenes, el contacto, intercambio y conocimiento de otras formas de plantearse la vida, la maternidad, las relaciones de pareja, las preferencias sexuales, el trabajo doméstico, etc.

Oportunidades de enriquecimiento cultural. El desarrollo de actividades turísticas en el campo y en las que el principal motivo de atracción tiene que ver con la propia vida rural ha sido una oportunidad para la revalorización y reconocimiento de lo rural, su cultura material (arquitectura, trabajos, cocina...) y sus distintas expresiones culturales artísticas (música, bailes, canciones…). En demasiadas ocasiones la población urbana vive de espaldas a la cultura rural. El turismo pone en valor aspectos de la vida cotidiana de las comunidades que suponen un motivo de reconocimiento y autoestima. Por otra parte, el contacto con población de otros lugares y países ha sido una oportunidad especial para la gente del campo para enriquecerse culturalmente. Las formas de turismo más vinculadas al voluntariado y a la solidaridad internacional han sido especialmente propensas a la generación de este tipo de procesos.
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