LA SOLEDAD DEL PODER
Nunca he estado junto al poder ejecutivo de un gobierno, pero a través de las biografías y de la historia he podido darme cuenta de que el ascenso a las posiciones de mando envuelve un progresivo aislamiento. Sobre todo cuando se conoce de manera previa a quien por coyuntura de la vida es encumbrado.
El contacto con el poder, la presencia del poder, el disfrute del poder implican la subida a la montaña, sin compañía alguna, para el diálogo con Jehová entre zarzas ardientes.
Esta soledad inevitable del hombre en el poder me hace recordar aquella anécdota dolorosa de un torero herido. Yace en el hospital. “¿Cómo estás?”, le pregunta el único amigo que va a visitarlo. “Aquí, Paco: más solo que la una”.

Aunque no lo crea, el líder está más solo que la una. Atrás quedaron las doce como los doce de la última cena. Delante, la sola compañía de la mujer. Mientras tanto, en el poder, en el ápice, cuando todo parece obedecerle, vive la hora una, la hora de la sola campanada.
Tengo el convencimiento de que todo hombre –en el poder o no- trata de hacer las cosas lo mejor posible. La maldad es cosa de ignorancia, de no saber, como dicen los orientales. “No saben lo que hacen”. Cuando se está en el poder, ese deseo de tener éxito es aún mayor. “Está construyendo su propia gloria”, se afirma del líder que ha alcanzado la posibilidad de realizarse. Y es cierto. Pero también es cierto que en el mismo instante de acceder al mando, comienza alevantarse la niebla del aislamiento que poco a poco habrá de separarlo de sus propias fuentes de energía. Es como Anteo, hijo de la tierra, a quien Hércules ahogó manteniéndolo en el aire, separado de su madre, para privarlo así de su vitalidad.

Esa niebla es obra de quienes temen que el hombre en el poder pueda oír otras voces que las suyas y vea la realidad desde otro ángulo. Y mientras habla de diálogo, en verdad es el que menos dialoga. Mucho menos con los suyos.
Van creando filtros, obstáculos, vallas al contacto directo con las gentes esperanzadas. Van poniendo tapones en los tímpanos del líder, para que no oiga las opiniones honestas –equivocadas o no, pero honestas- de quienes desean el triunfo del hombre en el poder, no por interés personal, ni por temor a las consecuencias de un fracaso, sino por amistad, por generosidad humana, por orgullo de ver a uno de los suyos destacarse como creador.
Esos conjuradores de niebla, esos a quienes llamaría yo “los aisladores”, van creando en el hombre en el poder la convicción de su infalibilidad y lo acondicionan para no reaccionar sino ante los elogios. A estos, más que a nada, temía Bolívar. Y mucho antes que Bolívar, dos hombres que mandaron al mismo tiempo –Arún al Raschid y Carlomagno- buscaron remedio a ese peligro; el uno, paseándose disfrazado de mercader por las calles de Bagdad para saber lo que la gente pesaba de su reino; el otro, enviando por todas las tierras del imperio a hombres probos –missi dominici- para informarle de la realidad.
Hoy no se hace ni eso. Es mejor siempre un cierto culto a la personalidad que dialogar. Y así nos va.

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