EL ROSTRO DE DIOS
Por: Licda. Rosa Lourdes Salazar.

Hoy con el corazón puesto en el creador y hacedor de todas las cosas y por medio del Espíritu, quiero hablar contigo sobre cómo ver el Rostro de Dios. Muchos dicen no conocer a Dios y menos amarlo porque no pueden tocarlo, ni verlo, ni sentirlo, como dijo el apóstol Tomás “tengo que meter las manos a su costado para creer”. Hay quienes tienen oídos y no oyen, ojos y no ven, boca y no hablan; si reflexionas en el silencio y te dejas guiar por la conciencia, sacará a la luz tu propia identidad y conocerá el rostro de Dios, porque tú estás compuesto de materia y espíritu. Deja que tu espíritu se encuentre con el Espíritu de Dios y tendrá respuesta. Me preguntas ¿Dónde puedo observarlo, sentirlo y tocarlo? Es más fácil de lo que te imaginas, solo presta atención y te daré algunas pinceladas.Ver el rostro de Dios para mucho es una utopía, para otros una locura, y para los que los han aceptados una bendición.
Puedes observar a Dios: en el rostro sonriente de un niño, en la abnegación de una madre, en las manos amigas, en el humilde, en la tristeza de la persona, en el que sufre, en el que llora, en la bondad de la persona, en el solidario en el atribulado y en la persona alegre. Nunca verás el rostro de Dios en el orgulloso, vanidoso, burlón, egoísta, mentiroso, malhechor, envidioso, en el injusto y calumniador, en el delincuente.
Puedes sentir la presencia de Dios: en el apoyo y fidelidad de tu amigo/a, en el silencio, en la oración profunda, en una canción de alabanza a él, en el canto de las aves, en los colores de las plantas, en la belleza e inmensidad del mar y de ríos, en el perdón y en el buen consejo de un fiel pastor.
Puedes tocar a tu Dios: cuando visitas y ayudas a un enfermo , cuando le das un abrazo sincero a tu prójimo, cuando comparte con el necesitado, cuando cruzas la calle aun anciano, cuando te compadeces de un loco y cuando pasa tu mano al caído.
Hay un momento único exclusivo sólo para ti, en que puedes observar, sentir y tocar a Dios en tu propio ser, si así lo deseas. Ese momento es en la “consagración del pan y el vino”, donde Cristo se hace presente, se te da como ofrenda y comida de vida y salvación. Al comulgar recibe el abrazo que no falla. Decídete, encuentra el Rostro de Dios y congrégate en la Iglesia.

Hoy con el corazón puesto en el creador y hacedor de todas las cosas y por medio del Espíritu, quiero hablar contigo sobre cómo ver el Rostro de Dios. Muchos dicen no conocer a Dios y menos amarlo porque no pueden tocarlo, ni verlo, ni sentirlo, como dijo el apóstol Tomás “tengo que meter las manos a su costado para creer”. Hay quienes tienen oídos y no oyen, ojos y no ven, boca y no hablan; si reflexionas en el silencio y te dejas guiar por la conciencia, sacará a la luz tu propia identidad y conocerá el rostro de Dios, porque tú estás compuesto de materia y espíritu. Deja que tu espíritu se encuentre con el Espíritu de Dios y tendrá respuesta. Me preguntas ¿Dónde puedo observarlo, sentirlo y tocarlo? Es más fácil de lo que te imaginas, solo presta atención y te daré algunas pinceladas.Ver el rostro de Dios para mucho es una utopía, para otros una locura, y para los que los han aceptados una bendición.
Puedes observar a Dios: en el rostro sonriente de un niño, en la abnegación de una madre, en las manos amigas, en el humilde, en la tristeza de la persona, en el que sufre, en el que llora, en la bondad de la persona, en el solidario en el atribulado y en la persona alegre. Nunca verás el rostro de Dios en el orgulloso, vanidoso, burlón, egoísta, mentiroso, malhechor, envidioso, en el injusto y calumniador, en el delincuente.
Puedes sentir la presencia de Dios: en el apoyo y fidelidad de tu amigo/a, en el silencio, en la oración profunda, en una canción de alabanza a él, en el canto de las aves, en los colores de las plantas, en la belleza e inmensidad del mar y de ríos, en el perdón y en el buen consejo de un fiel pastor.
Puedes tocar a tu Dios: cuando visitas y ayudas a un enfermo , cuando le das un abrazo sincero a tu prójimo, cuando comparte con el necesitado, cuando cruzas la calle aun anciano, cuando te compadeces de un loco y cuando pasa tu mano al caído.
Hay un momento único exclusivo sólo para ti, en que puedes observar, sentir y tocar a Dios en tu propio ser, si así lo deseas. Ese momento es en la “consagración del pan y el vino”, donde Cristo se hace presente, se te da como ofrenda y comida de vida y salvación. Al comulgar recibe el abrazo que no falla. Decídete, encuentra el Rostro de Dios y congrégate en la Iglesia.

Comentarios