Los diamantes ya no son para siempre



Ni siquiera los diamantes son ya eternos, como en el título del filme de James Bond. No importa si las letras de la canción tema repiten una y otra vez que sí, que son para siempre; que, contrario a los hombres (y a las mujeres, agrego), no se escapan de noche; que no hay temor a que deserten; que no esconden nada en su interior que pueda herir; que nunca mienten y que en la oscuridad del amor perdido aún relucen: la crisis económica deslustró esas gemas.

Cicerón sentenció que a veces es desventajoso conocer el futuro de antemano. Tal vez por eso a la esperanza la tildan de verde, pasto de jumentos. Sancho montaba uno y mañana se recordará el momento en que alguien, entre vítores y palmas, entró a Jerusalén a horcajadas sobre otro para ser crucificado días después. Si habrá que ser burro para preocuparse por el futuro. ¿O para confiar en el futuro?
El futuro debería ser sinónimo de optimismo, pócima para un presente negador de expectativas que se quedaron en el desiderátum. Pasado y futuro en contraposición, ilusiones marchitas versus ilusiones en ciernes. En el mundo en desarrollo, no hay futuro sino un presente de desdichas y frustraciones. Incumplidos, los objetivos del milenio servirán de recordatorio acuciante de que la brecha sur-norte no se achica. Cruel esta nueva realidad: 90 millones se han hundido ya en la pobreza

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