Las mieles del poder


Recuerdo que el escritor cubano, Lisandro Otero decía que en el capitalismo el ciudadano nunca sabe qué es lo que pasará, mientras que en el socialismo el ciudadano nunca sabe que fue lo que pasó. Debe ser eso o que yo me perdí algo.
Mi sorpresa es enorme esta semana cuando me entero que tanto el vicepresidente del Consejo de Estado como el canciller de la república resultaron ser dos personas indignas, seducidos por las mieles del poder y prospectos del enemigo.
Sin lugar a dudas me perdí una parte de la película porque, hace apenas un año, ambos habían sido ratificados como miembros del gobierno y seguían perteneciendo al Buró Político del Partido Comunista de Cuba.
Yendo un poco más atrás, recuerdo que en el 2006 formaron parte del selecto grupo en el que Fidel Castro delegó el poder. Sus nombres aparecieron en blanco y negro en una especie de testamento político escrito por el Comandante.
Me surgen mil preguntas: ¿cuándo y por qué perdieron la dignidad? ¿se puede llegar tan alto en Cuba sin hacer sacrificios? ¿cuáles fueron las ambiciones de poder que se les despertaron? ¿es su culpa que el enemigo se llene de ilusiones?.
Es sólo curiosidad periodística. No pretendo defenderlos, porque -al fin y al cabo- ambos son políticos y los políticos de cualquier parte tienen que acostumbrarse a que los cargos vienen y van, y que nadie debería ocuparlos de forma eterna.
Tampoco me sorprende que el presidente Raúl Castro haya hecho un cambio de gabinete. Lo raro es que no lo haya hecho antes, el propio 24 de febrero, cuando asumió el cargo, o en diciembre como había anunciado en el parlamento.
Más extraño me resulta que algunos ministros hayan permanecido en sus carteras, generalmente todos los presidentes electos cambian a la totalidad. Si aquí no ocurrió antes es sólo porque hacía 50 años que no se realizaba un traspaso de poderes.
Ni siquiera debería causar sorpresa que Raúl Castro busque sus colaboradores entre "raulistas", es decir, personas políticamente cercanas. Lo normal en todos los países es que los presidentes entreguen los ministerios a políticos de su entera confianza.
Lo que se hace difícil de comprender es cómo se degradaron Lage y Pérez, sobre todo porque ambos estaban ligados a la Revolución desde la adolescencia, lideraron organizaciones juveniles, fueron diputados, trabajaron directamente con Fidel Castro y dirigieron importantes esferas del gobierno.
Mi relación con Felipe Pérez Roque fue exclusivamente profesional. No fui santo de su devoción ni el de la mía, sin embargo, nunca hubiera sospechado que algún día los enemigos de la Revolución lo mirarían con buenos ojos.
En mis artículos lo definí como "fidelista" y no podría ser de otra manera. Cuando fue nombrado canciller el gobierno explicó que recibía el cargo a propuesta del comandante, agregando que "está familiarizado como pocos con las ideas y el pensamiento de Fidel".
A Carlos Lage lo conocí mejor. Nuestros hijos estudiaron juntos el preuniversitario y durante 3 años vivieron 5 días de la semana en la misma escuela. Esto me permitió saber cómo vestía, que comía, dónde habitaba e incluso con cuál chica salía.
Aparentemente se trata de una familia muy austera. Durante la crisis de los 90 su casa permaneció despintada, no tuvieron planta eléctrica para evitar los apagones, y dos veces vi a Lage pedaleando en una vieja bicicleta por la Av. Boyeros.
También lo califiqué de "fidelista" porque él mismo se definió así en una entrevista que le hice hace unos años en la embajada de Alemania. Supongo además que contaba con la confianza del comandante cuando éste lo mantuvo tantos años al frente del Consejo de Ministros.
No descarto que ambos hayan cambiado. Ya Lord Acton advertía en 1887 que el poder corrompe. Sin embargo, las acusaciones que pesan sobre ellos son tan graves, manchan tanto su honra, que deberían ir acompañadas de pruebas concretas.
La información serviría para que los cubanos, en particular los dirigentes, puedan entender cuál es el proceso por el que un líder revolucionario se transforma en un ser tan indigno como para despertar las ilusiones de los enemigos de la Revolución.
A ver si así, en esta ocasión, se desmiente a Lisandro Otero y finalmente los ciudadanos se enteran de que fue lo que pasó.

Comentarios